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jueves, 26 de abril de 2018

Bizcocho, pero sabroso

Cualquier día me mato. Cualquier día me reengancho. Así vivo. Soy un loco. Me intento ayudar, luego me pongo una trampa. Así, años. A veces creo que he entendido el mundo. Luego me doy cuenta de que soy el más weirdo, y tiene más sentido, porque yo he sido un niño consentido sin acceso a lo normal. Me rechazaron. Me consintieron. Me rijo por poderes extraños en el día a día que sólo puede ver un crío como yo. Mi manera de desplegarme se configura por lo orgánico, y por lo tanto, está siempre sujeta a los factores ambientales. Puede resultar extraña, tosca, torpe, encantadora, sexy, retrasada... Estos resultados aparecen como una suma de detalles del contexto que, según dicen, no deberían alterar el modus operandi de nadie. Y qué querrán que les diga. Yo les comprendo. Pero soy orgánica, como un kiwi, aunque no tanto como un pastel con nombre, como ese tal Velvet Cake. Yo no sé venir programada de casa, y actuar según el guión. Yo no he sido nunca de esos niños que imitan a los mayores. No soy tampoco un niño de ciudad, cuya naturaleza más inmediata no es otra que la fachada social del día a día. Qué sabrán ellos del reino animal... El caso, esta variedad infinita de versiones de mi ser configura, consecuentemente, la recepción y la percepción que causo en los demás. ¿Veis venir la peligrosa retroalimentación que se avecina? Yo sí. Pero que no cunda el pánico, me sé tranquilizar. Eso sí, yo soy sólo un loco. Yo creo que cualquier día me mato. Pfff, cualquiera, me reengancho

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