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domingo, 17 de marzo de 2013

A mayor ignorancia, mayor sumisión.

¿Acaso queda todavía alguien ajeno a esta premisa? Premisa por todos aceptada y, al mismo tiempo, tan poco asimilada.

Aquel ser que, a través del razonamiento, se atreva a cuestionar la ley absoluta o exprese disconformidad hacia toda norma impuesta, supondrá un obstáculo para el sistema, un atisbo de desobediencia. Desde el preciso momento en el que el hombre trata de discernir lo pragmático del motivo de ese mandato, manifiesta su rebeldía e insubordinación frente a la autoridad.

Tras esta reflexión, toda elección constituye una falta de obediencia. Incluso si accede a aceptar la ley no deja de proclamarse insurrecto, ya que es su juicio el que le permite acatar la orden, declarándose su propio rey.

Pero en un mundo costumbrista y de moralidad burguesa como el nuestro, la capacidad de razonamiento lógico es cada vez más improbable. Un mundo donde los hombres, anulados, carentes de principios y educación, sólo pueden valorar con desorientación. Estamos caracterizados por una torpeza impropia hasta para el género animal.

El sentido moral se está perdiendo. ¡Oh, almas de lodo despreciables! ¡Fiambres sin curtir! ¿Cómo espero convenceros si os negáis a ver la evidencia? Tú, lector, ¿cómo osas titubear en la respuesta? No hay avance.

Nací ya madura, a diferencia de vosotros, y me estáis pudriendo. Me pregunto qué será mejor: ser genio o engendrar a uno. Me hallo en duelo... ¿habrá vida después del fraude? Es un atropello a la cordura.

Disimulad mejor vuestras miradas, porque ahí sólo veo el reproche de una estúpida existencia fingida, presa de la más abominable ignorancia voluntaria.
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