Sería genial entender la razón de
la autocensura
llevada hasta el infinito, porque si de verdad el mismo
comportamiento en un tercero no es reprobado (y esto es cierto), algo falla. Conozco demasiado bien
al elemento que generó este dilema en su día, dilema que ya no sé cómo
parar y que, como una onda que se propaga en círculo, afecta a todo lo que
toca.
He de reconocer que hubo un
momento en el que desconocía si era por culpa del propio elemento, o de
su categoría aristotélica. Pero ahora
ya lo tengo más claro, ya que no creo estar avocado a esta única forma. El tema es que, independientemente de si es ese elemento
concreto o su categoría, nunca
podrán aceptarlo, ya que este desencadenante siempre estará embebido en
su referencia categorial, y no podrá
desligarse de ella. Imagino que no
saben el daño que hacen. Eso por un lado.
Por otro lado, creo entender que
esta perfecta causa llegó a la misma conclusión que yo por otros medios,
pero orbitamos en sistemas gravitacionales distintos. Supongo que la colisión es poco dada a
ocurrir por impulsos.
Hay algo en lo que siempre pienso
antes de viajar a la oscuridad de la rendición sin reproches: ¿fue esta censura
generada por la causa, o fui yo quien, en un intento de disimular mi
cobarde osadía, creó a esa causa para justificarse? La respuesta es
clara, y la infelicidad, máxima. Son sensaciones involuntarias y motivos que son, y deberían ser, desconocidos. Típico y estigmatizado.
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