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lunes, 18 de marzo de 2013

Hoy toca sincerarse, aunque no del todo.


Sería genial entender la razón de la autocensura llevada hasta el infinito, porque si de verdad el mismo comportamiento en un tercero no es reprobado (y esto es cierto), algo falla. Conozco demasiado bien al elemento que generó este dilema en su día, dilema que ya no sé cómo parar y que, como una onda que se propaga en círculo, afecta a todo lo que toca.

He de reconocer que hubo un momento en el que desconocía si era por culpa del propio elemento, o de su categoría aristotélica. Pero ahora ya lo tengo más claro, ya que no creo estar avocado a esta única forma. El tema es que, independientemente de si es ese elemento concreto o su categoría, nunca podrán aceptarlo, ya que este desencadenante siempre estará embebido en su referencia categorial, y no podrá desligarse de ella. Imagino que no saben el daño que hacen. Eso por un lado.
Por otro lado, creo entender que esta perfecta causa llegó a la misma conclusión que yo por otros medios, pero orbitamos en sistemas gravitacionales distintos. Supongo que la colisión es poco dada a ocurrir por impulsos.

Hay algo en lo que siempre pienso antes de viajar a la oscuridad de la rendición sin reproches: ¿fue esta censura generada por la causa, o fui yo quien, en un intento de disimular mi cobarde osadía, creó a esa causa para justificarse? La respuesta es clara, y la infelicidad, máxima. Son sensaciones involuntarias y motivos que son, y deberían ser, desconocidos. Típico y estigmatizado.
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