Me giro.
De este frío amable paso a una brisa pesada, a un verano cansino, y veo una calle larga, con baldosas feas, y palmeras, palmeras...
Brisa marina y salada, mas nunca veo la playa
hasta un buen día
en el que el pelo se me encrespó, sin parecerme mal, en absoluto; y nos tumbamos en la plaza, la del suelo ardiente, riendo para la sorpresa de otros, para la envidia de tantos que vendrían después. No quiero volver a darme la vuelta.
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