Estás enfrente de mí, casi a oscuras, y sujetas una guitarra.
Yo estoy de pie, frente a ti, y sujeto mis ojos.
Me resultas tan ajeno, tan lejano, como una estrella;
y yo soy pequeeeña, pequeña, pequeña,
y no me queda espacio para nada
cuando te oigo, a ti, contigo y con tu guitarra.
Y me agito, y te alcanzo. Me muero de ganas...
de plantarte un beso.
Donde me dejes: en los pies, las manos, en la cara;
en tus labios, que están muy lejos, que aunque
los bese no será algo vulgar,
no será una amenaza.
De ese beso...
yo tengo que beber,
que ahora soy tu discípulo,
que tengo sed.
Así que viértete, y siente
cuán lejos llega tu luz, estrella infinita;
que ahora me alcanza, educándome el pecho
de esta zagala, pequeñita.
Un beso suyo, maestro.
Uno calmado, uno tuyo.
Uno despacio, rubio
... uno lento,
uno que me pese
hasta hacer un siempre
de este momento.
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