Con los párpados pesados y el cuerpo disponible para cualquier carnicero, hasta el del pueblo. Con las manos inactivas, los pies igual. Con las mamas sueltas, sin sujeción digna, y comodidad lisa. Con los pelos naciendo de donde los arrancaste. Con la tripa sangrante y su derrame inevitable. Con las uñas cuarteadas. Con las bacterias que miccionan sobre el cadáver de sus camaradas, en ese baúl de caries. Cofre de putrefacción que, abierto o cerrado, no alberga tesoros. Con un cerebro relajado, con un ano muerto. A punto del disparo a tiro abierto. Así, así y todo, yacía yo con él.
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