A veces en la vida toca dar pasos. Escalón
tras escalón alcanzas un sueño, o bajas al mismísimo infierno. Pero a veces lo
haces dando pasitos. Pequeños pasos, gradualmente. Otras, das pasos
agigantados. Y eso es un problema, tanto si vas hacia una dirección o hacia la
contraria. Te saltas etapas, y degeneras la meta tanto, que al llegar en vez de
un trofeo, te entregarán una mierda. Todo está atado con una frágil cuerda, de
la que tiras y tiras, y en la que depositas tu confianza a todo riesgo. A veces
esta cuerda es tan débil, que se rompe, y cual sherpa haciendo escalada, muere
el acompañante occidental. El vínculo hay que regarlo, como se riega a las amapolas.
Otherwise, se romperán tus ilusiones, las que algún día pudieron ser maduras,
pero en determinado momento decidieron convertirse en prostitutas.
En una ocasión tuve una fuerte cuerda, pero
aunque mi trayectoria era buena, el objetivo estaba demasiado alto y cada vez
me faltaba más el aire. Tuve que sacar una navaja y romper la cuerda, aunque
cayera al vacío. No recuerdo si la corté yo, la cortó lo de arriba, o ambas
partes, eso sí. En otra ocasión, más reciente ésta, me fijé otro objetivo:
conquistar otra montaña más aceptada y asequible, al parecer. No obstante, este
intento de olvido de trauma me mostró algo curioso: La cuerda era de seda y
todo el trayecto una gran mentira, pues sólo era una cinta horizontal de
aeropuerto.
Quizá deba dejar de anhelar la escalada para
siempre. No estoy hecho para estos deportes de riesgo, pues soy un cobarde. Si te atreves ven, ven y muéstrame que no estoy en lo cierto. Ven e ilustrame en mi pasado. Ven.
Ni escalar. Ni remar. Luego a luego ni reptar.
~
Ni escalar. Ni remar. Luego a luego ni reptar.
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