Perdí la contraseña de algo de lo que
podríais haber sido testigos, algo que escribí hace mucho mucho tiempo: ‘Mi vida en el mar’. En su lugar,
contaré que no se vive. Cuando se me presenta como una incógnita y tengo la
oportunidad de descifrarla y conocerla, jamás podría augurar que fuera a convertirse
en una tóxica mano de deterioro y declinación. Aun así, no fue hasta hace mucho
cuando creí haber descubierto por qué no conviene hacerse amigo de tal cosa, en
especial si habías recibido ya varias veces amenazas de forma impersonal. Por
eso, a diferencia del resto de tiempos, hoy no haré mención a lo fallecido; no
me gustaría seguir en la perenne enseñanza de lo que las metáforas echan a
perder.
Allá por el momento en que todavía no
conseguía deslizar mis ideas en un tablero, exponía cosas ciertamente
contundentes, pese a la falta de elocuencia. Imagino que por aquel entonces tampoco
pensaba en esos días como destino, sino en un futuro, que irónicamente ahora se
vuelca sobre sí mismo y mira a su origen. Es uno de los motivos, supongo, por
los que un pensamiento se encierra en una caja de la que decide no salir nunca
más y a la que siquiera hace ventanas para asomarse al exterior, pues piensa
que allí peligraría su integridad.
Pocos valientes se atreverían a decir que el
conductivismo es un engaño. ¿Sería empero incorrecto opinar que la seductora
optatividad que se nos presenta no siempre viene vestida con trajes de
veracidad? Reina la confusión debido a la intolerancia que rodea a tan extensa
oferta. Las “decisiones” que tantos parecen elegir bajo su manto de
responsabilidad condenan hasta asfixiar los motivos que les condujeron allí. En
caminos arados no se puede ir con monopatín, y a algunos les tocó ir en silla
de ruedas por medio de un bancal.
A veces me pregunto por qué hay tanta gente
arrastrándose por la acera hasta hacer sangrar a sus débiles cuerpos. Noches y
días tristes gentes se mueven por zanjas abiertas y abismales pozos que les dirigen
hasta los sueños que ellos mismos se están encargando de censurar. Sueños cada
vez más profundos que condecoran con creces lo excelso de los monstruos que
verdaderamente deberían aterrorizarnos.
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