Eso de arriba me salió sin querer del alma. Sí, como la hez intrépida, sin darme cuenta.
Ahora, al lío. Veréis, no os contaré un secreto... un secreto tan mío que ni lo reconozco a veces como tal. En su lugar, os diré otras cosas que tampoco sembré, como lo que se cierne bajo esta basura que produce mi pensamiento.
En los últimos meses me he encauzado en algo de lo que ya no sé salir. Tampoco sé si quiero salir, de hecho. Pedantería de mierda que me eclipsa. Yo antes.
Los que padecen sin esperanza, los que sueñan de una manera desordenada, los que se extasian con el más allá: he aquí un ejemplo de muertos prematuros. Los demás, también.
Por consiguiente digo: conocedores del corazón humano, ¡aprended a conoceros mejor!
Volvamos la vista a las instituciones y costumbres que han generado un fogoso sentimiento de abandono interno. La fidelidad eterna... ojala existiera. El placer de la ira, la eterna venganza, la desesperación que yace en el luto continuado, el compromiso fugaz y la palabra repentina que destroza nuestros más proféticos sueños.
Mucha mentira, de la que se puede escapar, eso sí.
Se debe entender que la virtud propia está en pugna, por ello a veces se tiende a emular el artificio ajeno... ¿qué clase de inclinación malévola es esa? ¿Qué segunda intención la conduce? La contemplación del prójimo suscita instintos de tirria, codicia y otras bajezas. El saborear la amargura de nuestro destino nos convierte en pequeños dioses descarriados.
Yo quiero saber si somos una balanza, porque si es así, entiendo que en un extremo se encuentra lo sublime y en el otro platillo se estaciona lo miserable. Romana cargada a partes iguales, eso es lo que somos.
~
~









